Al parecer, la ocupación cartaginesa encontró buena acogida por parte de las poblaciones ibéricas, puesto que los historiadores no hablan de los combates y desgracias que suelen acompañar a las invasiones, aunque, sin duda alguna, algo de sangre se derramó.
La península proveyó a los ejércitos cartagineses con lo mejor y más numeroso de sus fuerzas: la infantería celtíbera, la caballería andaluza y los fundabularios baleares, que fueron el nervio de los ejércitos mercenarios a servicio de los cartagineses con los que Anníbal asoló Italia e incluso llegó a las puertas de la misma Roma.
Amén de soldados y recursos, los cargagineses obtuvieron una base de operaciones estratégica, ya que les abrió por el Oriente de los Pirineos, y a través de la Ligura, una rápida comunicación con Italia. Los africanos habían colocado guarniciones lybias en esa parte de la península, a la cual los romanos ya habían llegado cruzando las Galias, y mandando tropas íberas a ocupar fortalezas y presidios de la República en África, para evitar, así, posibles peligros.
Al encontrarse los cartagineses frente a las legiones romanas, la guerra que mantenían por mar y en África, iba a tener un nuevo campo de batalla. Ambos pueblos fronterizaban en el río Ebro: hacia el sur y el oeste, los cartagineses, y hacia el norte y el este, los romanos.
Por aquel entonces, los romanos no podían impedir la expansión africana por el este del Ebro, ya que ni contaban con recursos navales, ni la guerra, entonces recrudecida en las Galias, les permitía enviar ejércitos contra los de Almilcar, Asdrúbal y Anníbal, sucesivos conquistadores de la península para Cartago.
Durante el dominio cartaginés, la condición de las poblaciones peninsulares eran de lo más variopinta: mientras que las colonias púnicas y griegas de la costa, como Emporias, Saguntum (Sagunto), Cartagonova (Cartagéna), Malaca (Málaga) y Gades (Cádiz) tenían una existencia mercantil y cosmopolita, las poblaciones interiores eran completamente distintas, tenían la parte griega (o cartaginesa) de la ciudad bien defendida y separada de la parte “bárbara” por una muralla en la que, por las noches, era defendida por un tercio de la milicia urbana, defendiendo sobre todo, la única puerta por donde los íberos podían entrar, además, no les estaba permitido el acceso a la ciudad griega.
Para concluir, hay que señalar que algunos autores opinan que los cartagineses fueron los que comenzaron la gran obra de unidad nacional, ya que habían aproximado mediante caminos y comercio tribus enemigas entre sí, e incluso tribus que ni tan siquiera se conocían mutuamente.




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